5 tesoros que tu hijo puede encontrar en el parque (y por qué guardarlos)
Cinco tesoros de la naturaleza que tu hijo puede encontrar en cualquier parque y por qué guardarlas importa más de lo que parece. Ideas sencillas para hacer divertidos los paseos con nuestros peques.
Lidia García
5/8/20244 min read


Tu hijo se agacha en mitad del camino. Coge algo del suelo. Una piedra, una hoja, lo que sea. La aprieta en el puño y te la enseña con los ojos muy abiertos, como si fuera la cosa más importante del día.
Tu primer impulso es decirle suéltala, está sucia.
Pausa.
¿Y si en vez de eso te agachas con él a mirarla?
Por qué importa lo que tu hijo encuentra en el suelo
A los padres nos cuesta entender que un niño pequeño no distingue entre una piedra cualquiera y un tesoro. Para él no hay diferencia. Lo que ha encontrado lo ha encontrado él, y eso ya lo convierte en especial.
Cuando le dejas examinar algo que ha elegido por su cuenta están pasando varias cosas a la vez. Está sosteniendo su propia atención sin que nadie se la dirija — algo que cada vez cuesta más en un mundo lleno de pantallas. Está aprendiendo a observar de verdad: textura, peso, color, olor. Y está construyendo, sin saberlo, un vínculo concreto con el sitio donde estáis. Ese parque deja de ser "el parque" y empieza a ser el parque donde encontré la piedra brillante.
No hace falta nombrarlo así. Solo hace falta no quitárselo de las manos.
Los cinco tesoros más fáciles de encontrar (y qué hacer con cada uno)
1. Una piedra
La más obvia y la más subestimada. Para un niño pequeño, una piedra es una cosa entera, completa, suya. Pesa en la mano. Tiene caras distintas según cómo la mires.
Lo que puedes hacer: pídele que elija solo una entre todas las que ve. Esa decisión, aunque parezca tontería, es el principio del criterio. Pregúntale por qué esa y no otra. No necesitas que te dé una respuesta razonada — a veces solo señalan, y vale.
2. Una hoja
Las hojas cambian con la estación, así que cada paseo trae hojas distintas. En primavera son tiernas y verdes. En otoño se vuelven mil colores y crujen al pisarlas.
Lo que puedes hacer: enseñarle a mirar las nervaduras, esas líneas finitas que la cruzan. Pasarle el dedo por encima. Si es de las que crujen, dejarle que la apriete entre los dedos para escuchar el ruido. Una hoja no es solo una hoja cuando la miras así.
3. Un palito
Los palitos son universales. No hay niño en el mundo que no haya cogido uno. A veces se convierten en espada, a veces en varita, a veces solo son un palo y ya está.
Lo que puedes hacer: dejarle el suyo. No el que tú elegirías — el suyo. Y si pesa demasiado para llevarlo a casa, hacerle una foto antes de dejarlo. Los palitos son los tesoros más voluminosos y muchos se quedan en el parque, pero la imagen se la lleva.
4. Una pluma
Esta es más difícil de encontrar y precisamente por eso emociona más. Una pluma en el suelo es un pequeño regalo del azar.
Lo que puedes hacer: explicarle de qué pájaro puede ser. No hace falta acertar, basta con imaginarlo juntos. Mira qué blanca, igual es de una paloma. Mira qué pequeña, igual es de un gorrión. Le estás enseñando a fijarse en las pistas y a hacer hipótesis, aunque ninguno de los dos sepa que se llama así.
5. Una semilla, un fruto pequeño, una bellota
Lo que el árbol deja caer. Una bellota, un piñón, una baya seca, esas hélices del arce que giran al caer. Son tesoros con forma y peso, fáciles de guardar en el bolsillo.
Lo que puedes hacer: si es seguro tocarlo, dejarle que lo haga. Si es algo que no debe llevarse a la boca, decírselo en voz tranquila sin alarmismo y seguir adelante. La curiosidad no se castiga, se acompaña.
La caja de los tesoros: el truco que convierte un paseo cualquiera en un pequeño ritual
Aquí está la parte que cambia las cosas.
Cuando llegues a casa, en vez de tirar lo que ha traído del parque, guárdalo. Una caja vieja de zapatos sirve. Una bolsa de tela. Un cajón en su habitación. Lo que sea, pero algo que tenga un sitio fijo.
Cada piedra, cada hoja, cada pluma va ahí dentro. Con el tiempo, esa caja se convierte en algo bastante especial: un pequeño museo de todos los paseos que habéis dado juntos. Tu hijo va a abrirla muchas veces. Va a sacar las cosas, mirarlas, contarte de dónde vino cada una (aunque no sea verdad, aunque las mezcle, aunque se invente la mitad).
Lo que parecía recoger basura del suelo era, en realidad, construir memoria compartida.
La próxima vez...
La próxima vez que tu hijo se agache en el parque, intenta no decir nada durante unos segundos aunque tengas mucha prisa. Solo míralo. Mira lo que él está mirando. Agáchate tú también si te apetece.
No estás perdiendo el tiempo. Estás construyendo algo que él va a recordar mucho después de haberse olvidado de los juguetes caros.
Si te ha gustado esta forma de mirar el parque, este es exactamente el espíritu del cuento que escribimos para Valentina y Kira. Una niña, su perra y un paseo lleno de pequeños tesoros. Puedes verlo [aquí].
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